Fuente: THE CANADIAN PRESS

ST. JOHN’S, Terranova y Labrador (10 de septiembre de 2026).- Hace 25 años, Canadá tuvo apenas minutos para responder al cierre del espacio aéreo estadounidense. Unos 500 aviones con aproximadamente 85.000 pasajeros se encontraban sobre el Atlántico Norte, mientras una aeronave ingresaba al espacio aéreo canadiense cada 90 segundos.
Miles de pasajeros viajaban desde Europa hacia Norteamérica en las primeras horas de aquella jornada que cambiaría para siempre la seguridad aérea internacional.
David Collenette, entonces ministro de Transportes de Canadá, se encontraba en Montreal participando en una conferencia internacional de ejecutivos aeroportuarios cuando recibió una nota de uno de sus colaboradores informándole de que había ocurrido una tragedia y que debía terminar su intervención.
Mientras regresaba rápidamente a Ottawa, un tercer avión secuestrado impactó contra el Pentágono, en Washington. Poco después, un cuarto avión se estrelló en un campo de Pensilvania.
Con Estados Unidos cerrando su espacio aéreo, Canadá se enfrentó a una decisión sin precedentes.
Una decisión tomada en cuestión de minutos
Según Collenette, alrededor de 500 aviones, con unas 85.000 personas a bordo, se encontraban sobre el Atlántico Norte occidental cuando Estados Unidos cerró su espacio aéreo.
Una aeronave estaba entrando en territorio aéreo canadiense aproximadamente cada 90 segundos.
“Teníamos que tomar una decisión en el acto. No teníamos horas. Esto eran minutos”, recordó Collenette.
Las autoridades canadienses decidieron cerrar también su espacio aéreo y reorganizar rápidamente el tráfico aéreo que se dirigía hacia Norteamérica.
Aproximadamente 270 aviones fueron enviados de regreso a Europa, mientras que más de 230 aeronaves tuvieron que aterrizar rápidamente en distintos aeropuertos canadienses.
Muchas fueron desviadas hacia las provincias atlánticas, donde varios aeropuertos construidos durante la Segunda Guerra Mundial contaban con largas pistas capaces de recibir grandes aeronaves comerciales.
Otros vuelos fueron enviados a grandes centros urbanos como Montreal y Vancouver.
Gander: una pequeña comunidad ante una crisis mundial
Uno de los episodios más recordados ocurrió en Gander, Terranova y Labrador, donde aterrizaron 38 aviones el 11 de septiembre.
La localidad, que tenía entonces unos 9.000 habitantes, vio prácticamente duplicada su población cuando alrededor de 6.500 pasajeros quedaron varados durante varios días.
La comunidad respondió organizando alojamiento, comida y asistencia para los viajeros, muchos de ellos extranjeros que no tenían ningún vínculo previo con Canadá.
Para Collenette, la experiencia de Gander representa solamente uno de los ejemplos más visibles de una respuesta nacional mucho más amplia.
El exministro recuerda que los pasajeros fueron recibidos en diferentes comunidades y que las instrucciones de los controladores aéreos fueron acatadas sin cuestionamientos.
En lugar de ello, recordó, ciudadanos y organizaciones abrieron sus casas y sus cocinas y donaron alimentos y otros recursos.
“Abrieron sus hogares. Abrieron sus refrigeradores. Cocinaron. Donaron”, afirmó.
Un aniversario para recordar la solidaridad canadiense
Collenette regresará este jueves a Gander para participar en el evento “Untold Stories”, organizado en el aeropuerto internacional de la localidad, antes de las ceremonias de conmemoración del 11 de septiembre previstas para el viernes.
El objetivo no será únicamente recordar a las casi 3.000 personas asesinadas en los atentados terroristas del 11-S, sino también reconocer la respuesta que Canadá ofreció a miles de pasajeros estadounidenses e internacionales atrapados por el cierre del espacio aéreo.
“Estamos allí por una razón solemne, pero también para celebrar la buena voluntad de los canadienses”, afirmó Collenette.
A su juicio, la crisis demostró la capacidad de los ciudadanos para actuar colectivamente frente a una emergencia de dimensiones internacionales.
Canadá y Estados Unidos recuerdan juntos
Las conmemoraciones previstas este año se extenderán por diferentes regiones de Canadá y contarán con la participación de autoridades y equipos de emergencia de ambos países.
En Toronto, el Consulado de Estados Unidos presenta una exposición del artista canadiense John Coburn, quien realizó dibujos a tinta en Ground Zero y otros lugares de Nueva York después de los atentados. La exposición se titula “25 Years of Healing Hearts: A Tribute to 9/11 in Drawings”.
En Columbia Británica está prevista para el viernes una ceremonia binacional en el Peace Arch Border Park, en Surrey. Participarán policías de Nueva York y un bombero y un paramédico que estuvieron en servicio durante los atentados.
También se espera la participación de cientos de primeros respondedores, militares y agentes fronterizos de Canadá y Estados Unidos. Helicópteros del Departamento de Seguridad Nacional estadounidense tienen previsto realizar un sobrevuelo durante la ceremonia.
En Manitoba, el International Peace Garden organizará igualmente un acto con representantes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, la Patrulla Fronteriza estadounidense y la Agencia de Servicios Fronterizos de Canadá.
Representantes de los servicios de parques y recreación de Dakota del Norte y miembros de los United Fire Fighters of Winnipeg también participarán en el homenaje.
Una decisión que cambió la aviación mundial
El 11 de septiembre de 2001 no solamente transformó la política de seguridad de Estados Unidos. También modificó para siempre los procedimientos de aviación internacional y la manera en que los gobiernos responden ante amenazas en el espacio aéreo.
Para Canadá, aquella jornada representó una prueba extraordinaria de coordinación entre autoridades federales, controladores aéreos, aeropuertos, aerolíneas, fuerzas de seguridad y ciudadanos.
Veinticinco años después, la historia de los aviones desviados hacia Canadá sigue siendo una de las imágenes más poderosas de la respuesta internacional al 11-S.
Y mientras el mundo recuerda a las víctimas de los atentados, Gander y otras comunidades canadienses recuerdan también una dimensión menos conocida de aquella tragedia: cuando el tráfico aéreo mundial quedó paralizado, Canadá abrió sus puertas a miles de personas que simplemente necesitaban un lugar seguro donde aterrizar.